Adorno, ¿loco genial? por Fernando Díez.

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(Imagen: https://tbpd.wordpress.com/tag/teodicea/)

El inquieto mexicano del siglo XIX, Juan Nepomuceno Adorno, que obviamente no tiene relación con el filósofo alemán del siglo siguiente, Theodor Adorno -maestro de la musicología moderna-, sigue cabalgando entre lo sublime del talento y lo desconcertante de la excentricidad. Tal vez por eso resulta un personaje tan atractivo y digno de ser evocado. Sin duda merece un sitio en la historia musical mexicana.

Toda proporción guardada, Juan Nepomuceno pertenece a la estirpe de los talentos privilegiados, cuyo adalid es Leonardo da Vinci. Esa raza de hombres y mujeres de aptitudes múltiples que les permiten brillar, aunque sea con desigual intensidad, en diferentes campos del saber y del arte. No olvidemos que los sonetos de Miguel Ángel han pasado a la historia, y que el escritor Santiago Rusiñol es más conocido hoy por su pintura que por sus textos.

Adorno -a quien Alfredo Cardona Peña llamó mezcla de Cagliostro y Enrico Martínez- guarda distancia considerable con aquellos arquetipos. Su vinculación con la música tiene que ver con la fértil inventiva que lo llevó a diseñar un piano especial, cuya muestra fue presentada en la Exposición de París de 1855.

La construcción de ese peculiar instrumento, que llamó “melógrafo”, se encomendó a la famosa Casa Erard de París, sobre la que también conviene apuntar dos o tres datos. Fundada por el alsaciano Sebastián Erard y trasplantada a la capital francesa en 1777, a la notable fábrica se debe la creación del mecanismo de doble escape y el piano de siete octavas con el que, en 1824, Franz Liszt quedó muy complacido.

Según parece, no se llegó a la producción de melógrafos en serie, pero el invento debe considerarse precursor de muchos de los modernos adelantos en materia de escritura musical y manejo de la notación, llevados a ultranza por la computación. Tanto el aditamento al piano tradicional, cuanto el texto explicativo publicado en francés como Melographie ou nouvelle notation musicale, dan cuenta del objetivo de su autor, que era grabar la música que se ejecutaba en una tira que después podía pasarse con facilidad al papel pautado.

De la cabeza infatigable de Adorno partieron muchos caminos, en especial los que tenían por meta las más complejas cuestiones filosófico-religiosas. Por los muy breves apuntes autobiográficos que dejó, nos enteramos de que como pintor era respetable paisajista, y además dedicaba tiempo a contemplar, a través de su rudimentario telescopio, las manchas del Sol y los cráteres de la Luna.

En 1885 dio a la imprenta en Londres un libro singularmente celebrado, que en español vino a titularseArmonía del universo sobre los principios de la armonía física y matemática.

Sobre Adorno hay materiales tan exiguos como sustanciosos y ante todo pintorescos. Es famosa su intervención en la controversia arquitectónica sobre el teatro Santa Anna, donde abogó por evitar “el ridículo que perjudicara de algún modo a los arquitectos e ingenieros mexicanos”. También se sabe que ofreció, tanto a Juárez como a Maximiliano, “instrumentos de salvación y aparatos de magia social” que ambos desecharon, según reporta el historiador Orozco y Berra.

Tal vez tuvo el personaje clara excentricidad; tal vez fue hombre genial con la mala fortuna de nacer antes de su tiempo. De todas formas fue un ser excepcional -vuelvo a Cardona Peña-, “escapado de Balzac, o mejor de Dickens, inventor, mecánico, pensador social y autor de utopías”. Adorno nació en la ciudad de México hace 200 años y murió allí mismo en 1880.

Columna publicada en El Universal el 30 de enero de 2007:

http://www.eluniversal.com.mx/columnas/63258.html)

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Obra: “La armonía del universo, o la ciencia en la teodicea plegaria.”

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(Imagen: La “Teodicea de G. Leibniz”: http://hiperboreana.blogspot.mx/2013/03/la-teodicea-de-leibniz-y-los-mundos.html)

En este gran ensayo se observa la aspiración de Juan Nepomuceno Adorno no ya por hallar solución a problemas nacionales (Análisis de los Problemas de México…) o particulares (Memorias sobre hidrografía…) sino universales para toda la humanidad: el concepto de Dios, el papel del hombre, y la búsqueda de la felicidad.

A grandes rasgos, el filósofo plantea una nueva religión: “La providencialidad humana“. Según su opinión todas las religiones serían buenas pero la de la providencialidad es que la lograría ofrecer al hombre una mayor felicidad. La providencialidad es el sentimiento religioso, de carácter universal, que se encuentra en todos los hombres, conformado por el amor, el respeto y a tolerancia; de ello deduce una “moral providencialista“.

Se trata de un ensayo cercano al deísmo en donde se defiende un intuicionismo emocional del autor. Esto es importante, pues aunque Adorno admitió ser creyente, sus ideas se alejan bastante de la ortodoxia católica. Este hecho se deriva de una particular manera de contemplar la naturaleza: el asombro ante la creación: “con el elocuente lenguaje de los hechos, elevaba a mi alma a la contemplación de sus arcanos y era la sabia maestra de mis estudios”, dice el autor.

La obra, han determinado algunos estudiosos como María del Carmen Rovira, está influida por el romanticismo, por la “teología física” que se desarrolló en Inglaterra en el siglo XVIII, así como por Leibniz, Fourier y al parecer por ciertas ideas krausistas.

Este sentimiento de providencialidad, asegura Adorno, es la primera idea filosófica que logra concebir el ser humano. Es vital, ya que sólo reconociéndola es posible encontrar que la Naturaleza también es un ser providencial y que busca la perfección de sus creaciones. Únicamente así podrá darse, en consecuencia, el conocimiento de que el hombre también es un ente providencial destinado a perfeccionar las obras de la Naturaleza. El hombre de Adorno es un ser maravilloso, gigantesco: el propósito de Dios y de toda la creación.

Lo cual nos lleva a preguntarnos ¿cómo ha evolucionado la manera de concebir la totalidad en el mundo moderno? ¿A qué responde que se den nuevas formas de enfocar las relaciones de Dios con el hombre? ¿Por qué esos discursos proliferan hasta hoy, la época de los avances científicos y tecnológicos? Si bien mucho dependerá de los conocimientos que alcance el hombre en su paso por la historia es preciso señalar que las maneras de legitimación del discurso cosmológico no han sido siempre las mismas. ¿Bajo qué idea de verdad vivimos actualmente? ¿Qué pruebas tiene que pasar una teoría para poder ostentar una carga de veracidad? Estos escritos de Adorno son productos de la mente moderna que intentan reconciliar razón e intuición; al hombre con la Naturaleza; al yo con el Todo en un mundo cada vez más utilitarista.

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Ficha del libro:

Adorno, Juan N., La armonía del universo. Ensayo filosófico en busca de la verdad, la unidad y la felicidad, escrito por…, en dos épocas. Primera época; México, tip. de Juan Abadiano, 1862.

El texto completo se puede leer en:

http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080014220/1080014220.html

Juan Nepomuceno Adorno: Comentario biográfico

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(Imagen: reloj geográfico y astronómica inventado por Juan N. Adorno. http://www.sdpnoticias.com/estilo-de-vida/2013/06/07/sotheby-s-subasta-reloj-geografico-y-astronomico-del-mexicano-juan-nepomuceno-en-70-mil-dolares)

En un México donde la Modernidad se gestaba con aires únicos en todo el globo a causa de la pronta emancipación de los criollos, nace el ingenioso Juan Nepomuceno Adorno en 1807, posible hijo de un capitán de grado, el militar y Diputado de la provincia de Puebla (1824) Rafael Adorno. Nace, naturalmente, con la inquietud de su tiempo intrincada en su seno, la inquietud de una sociedad que “tendrá por vez primera […] la sensación de que la historia es su historia, la Nueva España, su México […], y el poder, su poder así sea político, científico, económico o administrativo.”, por lo que crece con un claro fervor nacionalista dentro de una familia bien acomodada. Según Omar Sánchez Santiago pasa su niñez en una finca sureña de la entonces comarca de Puebla (cabe mencionar que los más de los investigadores que se han dedicado a indagar sobre la vida y obra de Nepomuceno A. Señalan su nacimiento en la Ciudad de México).

No se sabe mucho de su vida personal, apenas se puede asegurar que estuvo casado y tuvo una familia, sin embargo la información que se ha podido recopilar en el Archivo General de la Nación o en sus propias publicaciones forman una especie de mosaico que pequeñas pistas que ayudan a formular la imágen de este tan peculiar sujeto.

Peculiar en el sentido de que parece ser un emblema del hombre utópico de la Modernidad mexicana, quizás más de la modernidad que de lo mexicano, puesto que, tanto sus obras como sus inventos, incluso sus discursos, parecen estar siempre dirigidos por las máximas universales correspondientes a tal corriente filosófica y no precisamente por los procesos políticos y sociales por los que México atravesaba. Peculiares también son las posturas que ante su personaje se crean. En un lado muy radical, por ejemplo, se encuentra el Obispo Emeterio Valverde, filósofo, historiador, bibliófilo y académico mexicano, que dedicó parte de su trabajo a analizar la obra de Adorno con cierto grado de parcialidad, y a nuestro parecer—y por qué no decirlo—con tintes de crueldad y desdén hacia su trabajo. Sin embargo también hay investigadores que han intentado reconocer la significación de un personaje incansable como Juan N. Adorno, tal es el caso del pionero en el tema Pablo González Casanova, María del Carmen Rovira Gaspar y Omar Sánchez Santiago en su tesis de licenciatura.

¿Qué hay de relevante en el ingeniero y autodidacta, J. N. Adorno? 

Pues bien, lo que se sabe de su carrera como ingeniero es que comienza en las propiedades tabacaleras de sus familiares, cuando junto a su padre, Rafael Adorno, emprende, muy conforme a los pasos de la recién surgida Nación, un ambicioso proyecto de industrialización mediante el diseño y la construcción de una máquina que haría puros habanos y  cigarros cilíndricos mexicanos con un ahorro de tiempo y de gastos. Para llevar a cabo tan grande tarea pidió ayuda al gobierno, que le brindó “un parco financiamiento” con el que viaja a Europa para concluír su proyecto. 

Vivió en Inglaterra cerca de 1855, año en que se presentó en la Exposición Universal junto con un novedoso Melógrafo y un dispositivo para traducir las partiruras del piano, no sin un folleto explicativo publicado en París (y del que parece imposible conseguir algún ejemplar por aquí), para, en 1858 regresar a México con un ánimo más inquebrantable que nunca que se reflejó en una serie de inventos casi absurda e inconclusa, un tocar de puertas trepidante al Ministerio de Fomento en busca de financiamientos que nunca fueron otrogados. Cabe destacar que la totalidad de sus inventos tenían como justificación el bienestar y el progreso de la nación.

En 1861 El Congreso de la Unión, gracias a la ayuda de Francisco Zarco, aprueba un proyecto propuesto por Juan N. Adorno, que promete lipiar las atarejas y canales, además de reempedrar las calles de la ciudad reduciendo los costos hasta un 90%, sin embargo, el apoyo le es retirado al año siguiente de haberse firmado, por supuesto incumplimiento de la contrata.

Tiene cerca de catorce publicaciones propias, entre Discursos, cartas, memorias y demás.